Manual de lo Incompleto / Jaime Ruiz / Curatorial Text and book public presentation / IAGO Oaxaca

Manual de lo incompleto, 2017

 

Cuando hablé con Jaime acerca de su obra reciente me comentó: “estos dibujos vienen de un proceso de búsqueda de arraigo desde el desarraigo que condiciona el ser de un contexto suburbano, el estar siempre en transición”. Conocía entonces poco su trabajo y ahora descubría una nueva serie de dibujos, realizados en los últimos dos años. De alguna manera éstos son corolarios a un trabajo de implicación social y colaborativo llamado Lugar Común, que él lleva a cabo con todo un grupo de personas en una zona periférica de la ciudad de Oaxaca. Es decir, estos dibujos tienen un contexto particular, vienen de algo en concreto. Al respecto y al momento de escribir estas líneas, me enfrento al dilema de nunca haber estado en este suburbio. Desgraciadamente conozco poco Oaxaca y tampoco sé mucho de este proyecto social colaborativo, aunque entiendo su planteamiento. Seguramente me pierdo de algo sustancial pero la condición en la que me encuentro es la siguiente: voy a escribir este texto antes de conocer los lugares, la gente, el ambiente y, asimismo, antes de observar los dibujos en persona, antes de conocer a Jaime en su tierra. Considero necesario precisar mi propio contexto ya que éste determina un enfoque de lectura. Así pues, me tendré que confrontar únicamente con las imágenes de estos dibujos, utilizar mi brújula intuitiva y dejarme llevar por el placer de leer dibujos, buscar sus fragmentos tácitos.

En general, me interesan los dibujos de línea clara. Siempre tienen algo que decir: usan la línea de la escritura. También, me recuerdan a los dibujos de sátira política y a las primeras tiras de cómics de los viejos periódicos y, asimismo, me remiten a Hergé, a Posada, a los dibujos escolares. Son clásicos y modernos a la vez, son eficientes en su función comunicativa y destacan tanto por su economía de medio como por su dinamismo dentro de un asentado diseño grafico. Ahora bien, los dibujos que se presentan aquí tienen una complejidad bien particular. Detrás de la aparente sencillez, encuentro un complejo ensayo sobre la relación entre el lenguaje y el cuerpo; no solamente el cuerpo físico sino también el llamado cuerpo social. Estas obras tratan de la condición humana en general, no hay duda. Sin embargo, desde un sitio específico y desde una situación socioeconómica y geográfica que son las propias de esta zona de Oaxaca. Podríamos ver aquí un tipo de reportaje, cuya forma juega con el idioma y las imágenes, con sus otros sentidos y, sobre todo, realizado gracias a una acertada práctica de acrónimos visuales. El acrónimo es una suerte de ingeniería del lenguaje, que sirve para inventar nuevas palabras cuando es necesario, por ejemplo en el campo técnico (la palabra informática viene de la fusión de información con automática) o en el campo social cuando por ejemplo los jóvenes inventan palabras como referente y código generacional. Aquí, el acrónimo se forma de manera gráfica, entre dos o más figuras y sus posibles significados para inventar una imagen referente a un concepto dado o por definirse. Empieza por un ejercicio de composición puesto al servicio de un pensamiento heterogéneo, para así intentar sintetizar una experiencia humana que incluye diversos aspectos. Este juego visual al que se entrega Jaime me parece ser un sincero cuestionamiento de los símbolos culturales y de un intento de representación alegórica de un malestar corporal, tanto a nivel físico como social, en el cual uno vive, trabaja, evoluciona.

En el proceso de la construcción alegórica, próximo a la metáfora (el ataúd-meta de golf; la cabeza Olmeca-pozo) se crea en un espacio de múltiple fragmentación visual, de collage-ensamblaje, de cambio de escala y de la repetición de ciertas temáticas. Considero que esta práctica se podría acercar a la de un laboratorio, en el cual se busca definir un nuevo campo de estudio social a través de la construcción de imágenes; más precisamente, la invención de un sistema que permite representar unas experiencias de vida a través un renovado vocabulario visual.

He aquí un listado de los componentes de este cuerpo visual: encontramos en primer lugar una gran cantidad de animales, de los cuales varios son especies de simios (chico de cola larga, gorila, mono fantástico), unos pingüinos, distintos camarones, unos lobos, un elefante, muchas telarañas sin su autor, un pez espada, una cabeza de serpiente, un escarabajo y un crocodilo. En segunda posición vienen los objetos, tales como una tabla de madera, un muro de ladrillo, una cabeza tolteca, varias mascaras, una canasta, un par de maracas, un avión, un palo, un ataúd, una bandera de golf. En tercera posición viene la categoría de lo vegetal con una representación más elemental de especies como una palmera, una planta en su maceta, un agave, una planta ornamental en el piso y pasto. Finalmente pero de manera más elocuente, tenemos a la figura humana. El genero masculino domina, ya que no se encuentra ningún rasgo femenino; es el hombre solo, sin genitales, una forma muy depurada que se desenvuelve en una serie de variaciones como: hombre entero, medio hombre, hombre con los órganos internos visibles, cíclope, diablo, esqueleto, cráneo, cabeza, brazos, manos.

¿Qué representan estos elementos y sus distintas combinaciones? El sentido de estas creaturas sólo las conoce su autor. Jaime conoce el sentido, el motivo, el código. Imagino que vienen de situaciones y hechos vividos, de personalidades que conoció y recordó, de pláticas y pensamientos. Al fin y al cabo, es una visión íntima que nos comparte. No se puede explicar todo, ni es recomendable angustiarse por ello. No obstante, lo que hace visible es sin duda un mundo en el cual no hay esperanza, en donde reina una tristeza palpable: angustia, miedo, ego, frustración, ambigüedad... Sin embargo, a veces nos hacen falta algunas claves para entender el mensaje más allá de la primera lectura. Lo que nos da en una mano, nos lo quita de la otra: nos da precisión y certeza con el lenguaje, las palabras que nos encaminan en un sentido, con la representación figurativa, neta, descriptiva y, al mismo tiempo, nos desconcierta. Más bien, la maniobra consiste en dejarnos entender ciertas composiciones, cuando nos da más pistas, para dejarnos totalmente perdidos con otras. Todos los dibujos encierran un grado complejidad.

Este Manual de lo incompleto podría ser eso: la elaboración de un sistema de comunicación, por tanto una herramienta alegórica, que abre la posibilidad de hacer visible lo callado, el resentimiento, la expresión de un dolor existencial que, de no ser por ello, quedaría implacablemente mudo.

No hay esperanza, 2015

 

 

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